El Poder del Evangelio

Maria Hernández

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Juan 5:24
“Les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida."

Hebreos 4:12
“Sin duda, la palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón.

Romanos 1:16
“A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen: de los judíos primeramente, pero también de los que no son judíos.”

Juan 5:1-15
Algún tiempo después, Jesús subió a Jerusalén, pues se celebraba una fiesta de los judíos. Había allí, junto a la puerta de las Ovejas, un estanque rodeado de cinco entradas, cuyo nombre en hebreo es Betzatá. En esas entradas se hallaban tendidos muchos enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos se encontraba un hombre que llevaba enfermo treinta y ocho años. Cuando Jesús lo vio tirado en el suelo y se enteró de que ya tenía mucho tiempo de estar así, le preguntó: ¿Quieres quedar sano?

—Señor —respondió—, no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua y, cuando trato de hacerlo, otro se mete antes.

—Levántate, recoge tu camilla y anda —le dijo Jesús.

Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar. Pero ese día era sábado. Por eso los judíos dijeron al que había sido sanado: Hoy es sábado; no te está permitido cargar tu camilla.

—El que me sanó me dijo: “Recoge tu camilla y anda” —les respondió.

—¿Quién es ese hombre que te dijo: “Recógela y anda”? —le preguntaron.

El que había sido sanado no tenía idea de quién era, porque Jesús se había escabullido entre la mucha gente que había en el lugar.

Después de esto Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: Mira, ya has quedado sano. No vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peor.

El hombre se fue e informó a los judíos que Jesús era quien lo había sanado.

Juan 5:8
—Levántate, recoge tu camilla y anda —le dijo Jesús.”


Texto del sermón
El Poder del Evangelio
Sermón predicado por Maria Hernández - Iglesia de Fe Unida, Honduras


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Texto del sermón
La Verdad que Liberta a Los Hombres
Sermón predicado por María Hernández - Iglesia de Fe Unida, Honduras


Bienvenidos sean a la casa de Dios y qué bueno que estemos aquí. Mire a su hermano que está al lado y dígale, qué bueno que estemos aquí hoy, es bueno que estemos aquí, ¿verdad? Y vamos a ir a la palabra, vamos a ir a Juan 5: 24. En este tiempo el Señor nos ha estado hablando y nos ha estado hablando, verdad, del llamado. Y nos ha estado hablando a través de los estudios, a través de la palabra, y hemos estado aprendiendo, que el Señor cuando llama al hombre, no hay un hombre, no hay una mujer que pueda resistir el llamado de Dios, ¿amén? Y que el llamado de Dios puede traer un cambio, puede traer una transformación a la vida del hombre. ¿Cuántos lo creemos? Entonces vemos, ¿verdad? Y se nos ha dado, dando el ejemplo, verdad, de Mateo, un hombre que era recaudador de impuestos, un hombre que era determinado como un pecador, ¿verdad? Como alguien que no merecía la gracia de Dios, pero la gracia de Dios lo alcanzó y la palabra que nos daba el jueves el Señor realmente tocaba mi corazón, porque es una palabra que realmente quebranta saber que Jesús no vino por los sanos, sino que vino por los enfermos, ¿amén? Porque dice, no son los sanos los que necesitan médicos, sino aquellos que están enfermos.
¿Habrá alguno aquí que necesite un milagro en su vida? ¿Un milagro en su familia? ¿Un milagro en alguna área de su vida?

Entonces Jesús viene por esas personas, viene por esas personas que tienen necesidad, por esas personas que tal vez nadie daría nada por ellos. Creo que por Mateo nadie hubiera dado un cinco, ¿verdad? Aunque él tenía mucho dinero. Pero si alguien le hubiera puesto a Mateo aquí diciendo, “¿Quién, quién, quién? ¿Quién da algo por Mateo?” Nadie hubiera dado nada, ¿verdad? Igual por mi vida, creo que nadie hubiera dado nada por mí. Pero Cristo dio su vida por nosotros y Cristo dejó todo lo que él tenía para venir a salvar y a buscar aquello que estaba perdido. ¿Amén? Por eso le damos gracias al Señor. Y quiero que leamos ahí en Juan 5: 24. Dice, “Ciertamente, les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Ciertamente les aseguro que ya viene la hora y ha llegado ya en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivirán.” Yo quiero que repitamos todo en el 25 y que lo repitamos todos con voz fuerte. Dice, “Ciertamente les aseguro que ya viene la hora, ha llegado ya en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivirán.” ¿Cuánto le dan gracias al Señor por eso? Y me encanta porque este pasaje afirma y dice, “Les aseguro, que ha llegado el tiempo, que ha llegado la hora, que aquellos que están en los sepulcros oirán la voz del Señor y los que la oigan vivirán.” ¿Verdad? Aquellos que oigan la voz del Señor cobrarán vida, no importando su condición.

Dice, aquellos que están muertos, aquellos que están en los sepulcros, oirán la voz del Señor y esos vivirán. Entonces, cuando meditaba en esta palabra, me recordaba todo lo que el Señor nos ha estado enseñando. Y una de las cosas que se quedó en mi corazón, es el poder del Evangelio, el poder de la palabra de Dios, cuando viene y entra a nuestro corazón. Cuando entra a lo más profundo de nuestro ser, la palabra de Dios tiene poder. ¿Cuántos lo creemos? Y yo quiero que todos repitamos, la palabra de Dios tiene poder, la palabra de Dios tiene poder, la palabra de Dios tiene poder. El Evangelio de Dios es un Evangelio de poder, es un Evangelio que puede transformar la vida del hombre, no importando su condición, no importando cómo él se encuentre. Entonces vemos que la palabra y para entender un poquito y son pasajes que todos, los hemos visto. Vamos a ver en Romanos 6:16, para que miremos que la palabra, el Evangelio de Dios tiene poder. Mire, dice, “A la verdad, no me averguenzo del Evangelio, pues es poder de Dios para salvación, para todos los que creen, de los judíos primeramente y también de los gentiles.” Pablo está diciendo, “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque el Evangelio de Dios tiene poder.” Y usted sabe la vida de Pablo como era, un hombre que perseguía la iglesia, un hombre que era capaz de matar por lo que él creía. Pero a ese hombre, cuando vino la palabra, cuando tuvo un encuentro con Jesucristo, la vida de ese hombre fue totalmente cambiada. ¿Amén?

Entonces el Evangelio cambia la vida del hombre. Cuando el hombre escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, esa palabra tiene poder para cambiar nuestras vidas. Entonces el evangelio, no solo es para oírlo, el Evangelio es para vivirlo. ¿Amén? El Evangelio es para predicarlo a otros. ¿Pero cuándo pasa eso? Cuando nosotros prestamos atención a la palabra de Dios. Porque este pasaje, vemos que dice que el Evangelio tiene poder para salvación, para salvarnos. Y la pastora, tiempo atrás nos enseñó. ¿Por qué necesitamos del Señor? ¿Por qué necesitamos ser salvados? Porque cada uno de nosotros estábamos condenados a la muerte, estábamos condenados a una vida sin Dios. Pero Cristo vino para darnos una nueva vida juntamente con el Padre. ¿Amén? Juntamente con Él en los lugares celestiales. Entonces Cristo vino a cambiar la condición del hombre, para darle una vida nueva.

“Entonces el evangelio, no solo es para oírlo, el Evangelio es para vivirlo."

Entonces en este tiempo vemos que muchas veces solo se oye la palabra, pero no se practica, no la practicamos. Solo escuchamos, solo oímos el mensaje y decimos que buena estuvo la palabra. Pero cuando salimos afuera, muchas veces el enemigo nos roba la palabra. ¿Cuánto lo hemos sentido y lo hemos vivido? ¿Verdad que cuando llegamos a la casa, pasa cualquier problema y se nos olvida la palabra que aprendimos? Entonces con este pasaje que leímos al principio dice, “Ciertamente les aseguro, que el que oye mi palabra y el que cree tiene vida eterna. Y esa vida no es hasta que Cristo venga, es una vida que Él nos da hoy. ¿Amen? Es una vida nueva, es una vida diferente, pero debemos prestar atención a la palabra de Dios. Debemos prestar atención, porque la palabra de Dios puede salvarnos de una condenación eterna, puede salvarnos del castigo venidero, de la ira de Dios puede librarnos. Entonces por eso necesitamos prestar atención, y cuando venimos a la iglesia, que el Señor lleve cautivo todo pensamiento. Porque el Señor está por encima de todo pensamiento humano, y el Señor viene a votar razonamientos humanos. Porque muchas veces nosotros tenemos nuestra propia mentalidad. Pero el Señor viene y no tiene problema. Y vemos Mateo, un hombre con una vida terrible. Vemos a este niño saqueo, otro recaudador de impuestos, con una vida terrible. Vemos a la mujer samaritana, una vida terrible. Y si le ponemos más nombres, y le pone el niño ahí dice, vemos María, terrible, ¿verdad? Y la vida de cada uno de nosotros ha sido terrible, ¿verdad? Pero vemos el poder de la palabra, el poder del evangelio realmente puede cambiarnos la vida. ¿Y cuantos lo hemos experimentado?

Entonces cuando estamos experimentando esos cambios en nuestra vida, es porque estamos poniendo atención a la palabra de Dios y tener cuidado de que el enemigo no nos esté robando la semilla. Porque muchas veces el evangelio viene, la palabra viene. Pero muchas veces es robada y es quitada de mí, ni siquiera llega a nuestro corazón, porque rapidito la olvidamos. Pero realmente debemos estar cultivando esa semilla que hemos recibido. Y creo que en este tiempo hemos entendido la importancia de prestar atención, la importancia de oír la palabra de Dios, ¿amén? Entonces, pero no solo a oírla, sino también a practicarla.

Y vamos a ver también en Hebreos, en Hebreos 4:12. Dice, “Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo”, ¿de dónde? “De la alma.” Yo quiero que todos ahí pongamos un poquito de atención. Porque a veces pensamos que nuestras enfermedades sólo son físicas. Pero a través de la palabra podemos entender que las enfermedades muchas veces son en el alma, ¿amén? Son en lo más profundo de nuestro ser. A veces hay situaciones en nuestra vida que no son tanto, verdad, de lo exterior, sino que están adentro de nuestro corazón. Entonces la palabra tiene poder para entrar a lo más profundo, ¿a dónde?, “Hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón.”

Entonces yo siempre había pensado, que la palabra era como un cuchillo. Y es cierto, porque dice que es más cortante, es más poderosa que una espada de dos filos. O sea, está diciendo, es más, es no solo lo que yo pueda pensar. La palabra tiene poder para entrar a lo más profundo del hombre y cortar, y arrancar todas esas cosas que nosotros traemos en nuestro interior, que muchas veces no nos permiten disfrutar esa vida abundante que Cristo nos ofrece en su palabra. Pero para eso debemos anhelar que la palabra pueda entrar, que la palabra pueda ser la obra en nuestros corazones. Porque realmente, la palabra tiene poder, tiene poder. Y el tema que yo le puse a esta palabra es, “El poder del Evangelio.” Es el poder de la palabra, es el poder de lo que Dios puede hacer en nuestra vida.

Para eso vamos a ver un ejemplo. Y vamos a ir a Juan 5:1. Entonces hoy les vamos a hablar de la historia de un hombre que estaba en un estanque. Pero vamos a leer un poquito la historia. Y vamos a leer, dice en el 5:1, “Algún tiempo después, se celebraba una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Había allí junto a la puerta de las ovejas, un estanque rodeado de cinco pórticos, cuyo nombre en arameo es Betzata. En esos pórticos se hallaban tendidos…” Yo quiero que lea ahí, ¿cuántos enfermos? ¿Cuántos habían? Muchos enfermos. ¿Y eran?, “ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos se encontraba un hombre inválido que llevaba enfermo…” ¿Cuántos años? ¿Bastante verdad? 38 años. “Cuando Jesús lo vio allí, tirado en el suelo, y se enteró de que ya tenía mucho tiempo de estar así, le preguntó, ‘¿Quieres ser sano?.’”

Vemos aquí que el Señor va a este lugar, a un estanque, donde había muchos enfermos. Y sabe que el nombre de ese estanque, en arameo, dice específicamente la Biblia, que se llamaba el lugar de la misericordia, el lugar de la gracia de Dios. Pero en ese lugar, donde estaba un lugar, donde se decía que era el lugar de misericordia. Era un lugar donde había mucha gente enferma, mucha gente que estaba paralítica, mucha gente que estaba ciega, sorda, que no podía oír. Y entonces vemos que Jesús andaba allá, verdad, haciendo milagros, pero toda la gente enferma, ¿dónde estaba?, en el estanque. Y todos estos enfermos, dicen otras historias, que le llevaban los enfermos a Jesús para que Él los sanara y Jesús los sanaba. Pero estos estaban en el estanque esperando un milagro. Estos estaban en el estanque esperando que un ángel viniera y moviera las aguas. Y cuando yo leía, Señor, ¿qué representa esto Señor? Esto representa muchas veces mi vida. Años en la iglesia, años deseando que el Señor haga un milagro en mi vida. Pero muchas veces me he estancado, muchas veces me he quedado paralizada o he venido paralizada así, a la casa del Señor. Pero vemos que este hombre, estaba en ese lugar con el anhelo de ver un milagro. ¿Cuántos estamos aquí con el deseo de ver un milagro en nuestras vidas? Y tal vez muchos, como este hombre tengamos 38 años, porque a veces, ¿verdad? Se nos dice, ¿verdad? Ya tenemos 20 años y este hombre ya nos superaba creo que a casi a todos, ¿verdad? Porque ya tenía 38 años de estar en ese lugar.

Pero me encanta Jesús lo que Él hace, Él llega a ese lugar donde había muchos enfermos. ¿Y sabe qué es lo que mueve al Señor? Aquellos que tienen necesidad, aquellos que realmente le dicen Señor, “Yo lo he intentado Señor. Muchos años he estado aquí Señor, pero todavía no ha pasado nada. Y dice la historia, que este hombre, este hombre estaba mirando que otros eran sanados. En ese estanque habían milagros. Habían milagros así como si usted va donde un catolico allá, dice que hubo milagros, que la virgen hizo milagros. Si va allá al otro lado y dice, no el Señor hizo un milagro. Pero vemos que él Señor quiere enseñarle algo nuevo a este hombre, y le quiere decir, “Mira, estás poniendo la esperanza en el lugar equivocado, estás poniendo tu esperanza en algo que no es.” Y dice que este hombre estaba ahí tirado en el suelo, ni siquiera podía moverse. Pero dice en el siete, “Señor, respondió, no tengo a nadie que me meta en el estanque, mientras se agita el agua, y cuando trato de hacerlo, otro se mete antes que yo.” O sea, que este hombre estaba viendo que en otros enfermos sucedía algo. Yo no sé si a usted le ha pasado, que dice yo tengo 5 o 10 años en el Evangelio y todavía no miro un cambio en mi vida, todavía no miro un cambio en mi familia, todavía no miro un cambio en mi trabajo, en nada donde estoy. Pero este hombre, dice que estaba viendo lo que sucedía. Y otros estaban obteniendo el resultado de lo que él quería, tenía años esperando algo. Y me llama la atención, porque vemos que había intentado. Y cuando el Señor se le presenta delante de él, le hace una pregunta y le dice, “¿Quieres? ¿Quieres ser sano?” ¿Usted cree que qué le hubiera dicho ese hombre? Si usted tiene una enfermedad, ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Verdad? Ser sano.

Y entonces el Señor viene y le dice, “Bueno, yo sé.” Imagínese que el Señor ya sabía que tenía 38 años, yo no sé quién le dijo, por ahí no dice quién le dijo. Pero dice, que Jesús se enteró, o sea, que había algunos, verdad, ahí un poco lengoncitos. Y le dijeron, “Mira Señor, ese tiene 38 años y no pasa nada.” ¿Y cuánto tiempo tiene?, 38 años tirado allí, y no pasa nada. Y Jesús se acerca a él y le dice, “¿Quieres?” Realmente el Señor viene a hacer un cambio, y viene a hacer una transformación en la vida del hombre. Pero el hombre debe de estar interesado en ese cambio, ¿amén? Debe querer también el cambio, porque este hombre quería ser sanado. Pero vemos y yo miraba esto y yo decía, “Señor es que la enfermedad de este hombre lo había abarcado tanto, que se había acostumbrado a estar en el estanque.” Y me imagino que alguien le había dicho, allá está Jesús sanando, allá por Capernaum. ¿Y verdad? y había gente que era solidaria. Porque se acuerda que hay un paralítico que lo llevaron cuatro. Si él hubiera querido, ¿qué hubiera dicho? “Llévenme a donde Jesús, que me sane.” Pero él estaba allí, esperando. Y era, verdad, noticia, de que Jesús andaba por ahí. Sanando enfermos, liberando a los endemoniados. Pero este hombre seguía tirado en el estanque. Y me llamaba la atención ¿Por qué menciona la puerta de las ovejas? Y dice que no estaba en la puerta, dice que ese estanque estaba junto a la puerta de las ovejas. ¿Y sabe qué hacían por esa puerta? Entraban las ovejas que eran preparadas para el sacrificio. Y antes que llegaran, verdad, tenían que ser lavadas en el estanque, porque tenían que ser preparadas para entrar por la puerta de las ovejas. Tal vez ese hombre ni siquiera sabía lo que tenía que pasar ahí. Y no era un lugar agradable. Porque era un lugar donde la gente llevaba a sus animales y los lavaban y los preparaban para el sacrificio. Se imagina un lugar donde hay vacas, un lugar donde hay ovejas, donde hay palomitas porque se preparaban tantos animales para el sacrificio del Señor. Pero ese hombre estaba junto a la puerta, no podía entrar por la puerta.

Y me recordaba también cuando el Señor dice, “Yo soy la puerta de las ovejas. Yo soy la puerta.” Y se presenta ante este hombre, y le dice, “Yo soy, yo soy la puerta.” Este hombre quería entrar por esa puerta, ese hombre tenía un anhelo y era pasar por esa puerta y poder recibir un milagro. Pero dice que ahí habían cinco pórticos, pero imagínese, habían cinco oportunidades más para este hombre. Me imagino que decía él, si no entro por esta, voy a entrar por esta. Esta vez intenté por esta pero no pude entrar, pero esta vez voy a entrar por la otra. O sea que tenía otras opciones el paralítico. Y él Señor se presenta delante de él y le da la oportunidad de oír la palabra, porque este hombre escuchó la palabra. Por eso el señor dice, “Ciertamente, les aseguro que el que oye mi palabra.” El lecho de este hombre, era su sepulcro. Aquel lugar donde estaba tendido, era el sepulcro de este hombre. Pero vino la palabra, vino la palabra hecha hombre. Y se presentó delante de este hombre y le habla y le dice, “Realmente, ¿quieres ser sano?” ¿Realmente quieres un cambio en tu vida? ¿Realmente quieres un cambio en tu familia? Y yo pensaba, que muchas veces, verdad, vamos al médico. Y el médico nos dice, “Señora está un poco mal de salud, tiene que hacer ejercicio, tiene que comer saludable.” ¿Y usted cree que eso hace un cambio en mi? Al menos que quiera el cambio, al menos que yo quiera experimentar algún cambio en mi salud. Entonces voy a hacer lo que dice el médico.

Entonces este hombre, llega la palabra. Y mire lo que hace este hombre, dice que cuando Jesús se acerca le dice, “¿Quieres ser sano?” ¿Y cuál fue la primera respuesta de este hombre? “No tengo a nadie que me meta en el estanque.” Cuando leía eso me tocó, porque dice, “No tengo a nadie, no tengo a nadie que me meta en el estanque.” El Señor le estaba preguntando, “¿Por qué no puedes entrar al estanque?” ¿Verdad que no? ¿Qué le estaba diciendo? ¿Quieres ser sano? ¿Quieres experimentar un cambio en tu vida? Pero muchas veces nosotros venimos con todas esas cosas en nuestro corazón. Y cuando viene y él Señor nos da la oportunidad de experimentar un cambio, salimos con nuestras argumentaciones y le empezamos a decir, “Señor yo si quiero un cambio pero nadie me ayuda, nadie hace nada por mi Señor. Mira los hermanos todos andan allá en su vida y a mí nadie me mira, nadie me llama, nadie me saluda. Nadie hace nada por mí.”

Pero el Señor le está dando la oportunidad a este hombre, de experimentar un cambio en su vida. ¿Cuántos queremos esa oportunidad? ¿Pero cuántos, muchas veces le empezamos a decir al Señor? “Ay Señor, nadie hace nada por mí.” Y viene el Señor y hace algo diferente con él, porque no solo le dijo eso, sino que también le dice, “No tengo a nadie que me meta en el estanque. Mientras se agita el agua, cuando trato de hacerlo, otro se mete antes que yo.” O sea, que él estaba viendo que otros si entraban al estanque y él no podía entrar. Y muchas veces nosotros así estamos, viendo que hay cambio en otra familia, qué hay cambio en otros hijos, qué hay cambio en este otro. Pero muchas veces, ¿por qué no experimentamos ese cambio? ¿Por qué no experimentamos ese mover de Dios en nuestra vida? Porque muchas veces no queremos realmente, y a veces decimos que queremos. Pero el Señor está esperando no solo que queramos, sino que también le obedezcamos. ¿Amén? Porque para ver un cambio, para poder ver una renovación en nuestra vida, tiene que haber obediencia a la palabra de Dios. No hay cambio solo por oír la palabra, no hay cambio solo por sabernos la palabra, no hay cambio solo por venir todos los domingos a la iglesia hermano. Y eso es algo que el Señor me lo dio a mí. Y cuando el Señor trajo su palabra este tiempo, yo le decía, “Señor gracias, porque tú sabes cómo estoy Señor, tú sabes mi condición Padre. Tú sabes, que si tú no vienes con tu palabra, mi vida se seca Señor, mi lámpara se apaga Señor. Pero te doy gracias por tu palabra Señor, porque tu palabra tiene poder para sacarnos de la más densa oscuridad donde nosotros podamos encontrarnos.” ¿Cuántos lo hemos experimentado? ¿Cuántos hemos experimentado ese poder glorioso de la palabra? Que es algo sobrenatural, que usted dice yo no puedo. Pero allí es donde él Señor nos levanta, ¿amén? Y hace algo poderoso. Pero este hombre tuvo que sobrepasar él Señor sus pensamientos y hacer lo contrario a lo que él estaba esperando. Este hombre estaba esperando que otro lo metiera al estanque.

“...Para ver un cambio, para poder ver una renovación en nuestra vida, tiene que haber obediencia a la palabra de Dios."

Muchas veces, nosotros estamos esperando que otros hagan algo por nosotros. Y no es malo hermanos, esperar que alguien ore por nosotros. Pero es maravilloso cuando usted encuentra al Señor en su casa. Y ahí en su lecho de dolor, de angustia, usted tiene un encuentro con el Señor. Y usted puede experimentar, cómo él Señor puede cambiar todas las cosas. Cómo él Señor realmente, puede cambiar aquella condición de muerte y darnos vida. Qué maravilloso es ver que muchas veces decimos, ya mi vida no va a cambiar, pero viene una palabra de Dios y nos levanta y nos restaura. Eso es lo más glorioso. Pero el Señor tenía que llegar a lo más profundo de este hombre. Y él Señor lo hubiera hecho y lo hubiera agarrado, chineado y lo hubiera llevado al estanque. Si eso era lo que ese hombre esperaba. Ese hombre era lo único que esperaba, que alguien lo agarrara y lo metiera en el estanque.

Muchas veces, él Señor va a obrar de forma que nosotros no logramos entender. Muchas veces, él Señor le va a decir, “Levántate en ese dolor, levántate en esa enfermedad y créeme. Cree en mi palabra, cree que para mí no hay nada imposible.” Y el Señor se va a glorificar cuando nosotros le creemos en su palabra. Aún muchos han experimentado milagros. Pero este hombre no había experimentado un milagro de sanidad física, pero él Señor le hace experimentar una sanidad en el alma. Porque muchas veces, las enfermedades no solo nos afectan físicamente, sino emocionalmente. Venimos con complejos, venimos con cosas en nuestra vida por situaciones que pasamos de nuestra niñez. Y este hombre empieza a decir, nadie hace nada por mí. Muchos venimos afectados por cosas que pasaron desde cuando estábamos pequeños. Porque mi papá no hizo algo por mí, porque mi mamá no me cuidó y eso yo lo he predicado también aquí. Yo les he dicho y les he contado a muchos mi historia, y si no, nos vemos afuera y yo se la cuento, no se la voy a contar otra vez. Pero él Señor ha tenido que hacer cosas en mi vida y enseñarme, que él puede hacer mucho más de lo que yo me pueda imaginar. Y cuando vemos a este hombre, él Señor entra con su palabra y le dice, levántate. Cualquier lógica humana hubiera dicho, pero yo no es lo que necesito, yo necesito que me agarren y que me metan al estanque. Eso es lo que yo necesito Jesús.

Muchas veces, nosotros queremos que Jesús haga las cosas a nuestra manera. Y el Señor no se mueve a nuestra manera, él hace la voluntad del que lo envió, ¿amén? Y muchas veces no es lo que nosotros esperamos, no es de la forma que nosotros esperamos. Y el Señor le dice, levántate. Después de que le hace la pregunta y le dice, levántate. Ahí viene la fe hermanos, ¿la fe en qué? En la palabra de Dios.

La fe en la voz del Hijo de Dios. Porque muchas veces, así como este hombre podemos estar esperando. Este hombre estaba esperando que viniera un movimiento. ¿Verdad? Un movimiento de revolución.¿Verdad? ¿Y para qué? Para poder moverse. Este hombre estaba esperando que alguien viniera y agitara el agua. Y no era que era algo sobrenatural, porque estaba leyendo un poquito y es que dice, que en ese estanque, ¿verdad? Había un momento que habrían me imagino las válvulas del agua, para que llegara el agua y empezaba a burbujear. Y el agua se movía porque estaban llenando el estanque. ¿Por qué? Porque ahí lavaban las ovejas. Entonces cada vez, ellos estaban esperando que hubiera eso. Imagínese la mentalidad de ellos. A veces nosotros queremos ver un milagro donde no lo hay. Pero Jesús viene a sacarnos de esta mentalidad. Y viene y dice, “¿Quieres ser sano?”Pues la segunda parte es, vota. Vota con tus pensamientos, vota con tus razonamientos, vota con todo lo que has creído. Porque muchas veces has creído, que porque nadie te ayuda, que porque nadie te busca, que porque nadie te llama, es que no experimentas un cambio. Muchas veces estamos culpando a los demás de nuestra condición espiritual, de nuestra condición en el alma. Y mientras estemos culpando a los demás de lo que nos pasó hermano, no podemos experimentar un cambio.

Algo que me pasó en este tiempo, yo les he contado que mi mami, tuvo su segunda relación y para mí eso fue bien fuerte. ¿Por qué le digo esto? Porque a veces venimos con esos traumas desde nuestra niñez, por lo que hizo mi mamá, por lo que hizo mi papá. Y yo, la persona con la que ella se metió a vivir, yo no podía acercarme a él, porque para mí eso fue fuerte. Porque esa persona me había robado a mi mamá. Esa persona con la cual ella vivía, por esa persona ella nos había dejado. Entonces para mí eso era inconcebible y muchos conocen lo que pasó en este tiempo, y el Señor me dio la oportunidad. Porque hay cosas que parecen malas hermano, pero al final obran para bien de nuestra vida. Y cuando lo estuvimos cuidando, él Señor me dio la oportunidad de decirle, “Perdóname. Porque cuando usted se metió a vivir con mi mamá, yo sentí rencor contra usted.” ¿Por qué? “Porque yo sentía que usted me había robado a mi mamá.” Y me dice él con su carita ahí todo enfermo, “Mama”, me dice, “Si yo siempre la he querido. Pero por lo que yo tenía en mi corazón, nunca lo había podido entender.” Y entonces ahí yo le pedí perdón, y yo sentí que el Señor sanó esa área en mi vida. No fue la mejor manera donde me hubiera gustado que pasara, porque hubiera querido tener un poquito más de tiempo. Pero tal vez cuando tuve el tiempo no tuve la oportunidad, o la desperdicié por estar guardando rencor. Pero hermanos, a veces somos inconscientes, de lo rápida que se puede ir la vida.

A veces, vivimos peleando con el esposo o con la esposa, o el hijo con la hija o el hijo con el hermano. Y por estar en pleito, desaprovechamos la oportunidad que el Señor nos puede dar, de poder experimentar algo nuevo en nuestras vidas. De poder experimentar algo diferente en nuestro hogar, en nuestra familia. Aprovechemos el tiempo, como dice la palabra, porque los días son malos. ¿Y sabe qué le he dicho al Señor? Yo no quiero Señor, perder mi tiempo en guardar rencor, en guardar rechazo en mi corazón. Yo ya no quiero eso en mi vida, Señor. Y de lo que de mí dependa Señor, yo quiero poner de mi parte Señor, para poder experimentar un cambio en mi vida. Para poder experimentar un cambio en mi familia. Pero para eso yo tengo que querer y dejar de culpar a los demás de lo que me pasó. Dejar de echarle la culpa a los demás por mi condición. Entonces cuando eso pasa, algo puede cambiar. Este hombre dice que el Señor le dice, “Levántate, toma tu camilla.” Imagínese algo más increíble. Este hombre tenía 38 años de estar en esa situación, y el Señor le dice, “¿Quieres ser sano?” Y ahora no solo eso, sino que le dice, “Levántate, levántate, toma tu camilla.” ¿Quién quiere eso, hermanos? Si este hombre lo que quería era dejar esa camilla. ¿Usted cree que ese hombre quería andar esa camilla después de haber estado 38 años acostado ahí? ¿Qué cree que quería hacer este hombre? Alguien que me ayude. ¿Qué cree que quería ser este hombre? Caminar y salir corriendo y decirle a todo mundo, “Señor, wow, aleluya, yo soy libre.”Eso quería este hombre. Pero el Señor le dice, “Levántate, toma tu camita y anda.”

Y yo le decía al Señor “¿Qué significa esto, Padre?” Y es que el Evangelio, cuando cambia nuestras vidas, puede servir de testimonio para otros. Pero también está camilla sirve, para que nunca me olvide de lo que el Señor ha hecho, de la condición donde Él me rescató. ¿A dónde el Señor me encontró? ¿Cuál era mi condición? Y este hombre podía haber dejado su camilla y andar allá, diciéndole a la gente, porque la gente le preguntaba, “Pero hombre, hoy es sábado, no te he permitido tomar la camilla y andar.” Y este hombre le dice, “Yo no sé, pero a mí, el que me sanó me dijo, ‘Toma tu camilla.’” O sea que ese hombre andaba con la camilla en el lomo. Y yo le decía, Señor, este hombre lo menos que quería era eso. Muchas veces, lo menos que nosotros queremos es cargar con nuestras circunstancias, muchas veces lo menos que queremos es afrontar un problema en nuestras vidas. Pero así como este hombre esa circunstancia, esa situación sirvió para que el hijo del hombre fuera glorificado. ¿Amén? Eso, para eso muchas veces hay que andar la camilla. La camilla, es el testimonio del poder de Dios en nuestras vidas. ¿Amén? De lo que el Señor hizo. De lo que el Señor está haciendo en nuestras vidas.

Entonces, ¿qué va a cambiar la vida de otra persona más que el testimonio de alguien que ha experimentado el poder de Dios en su vida? ¿Amén? Eso es lo que puede cambiar la vida de otro. Y Pablo dice, “Yo no me avergüenzo del Evangelio.” Yo no me avergüenzo de decir de dónde el Señor me ha sacado. Yo no me avergüenzo de decir que antes dormía en una cama que tenía un hoyo. Yo no me avergüenzo de decir que antes venía aquí con los pies todos mazosos. No me avergüenzo. No me avergüenzo de lo que el Señor ha hecho en mi vida. Yo no me avergüenzo de decir que me ha liberado de miles de cosas en mi vida. Pero muchos nos avergonzamos. Muchos nos comportamos como enemigos del Evangelio. Porque hacemos lo contrario a lo que dice la palabra de Dios. Cuando realmente el Evangelio ha llegado a nuestra vida, nos da poder para hacer la voluntad de Dios en nuestra vida. Nos da poder para perdonar. Nos da poder para amar aún a los que nos han ofendido. Ese es el poder de Dios. Porque no es un poder de fuerza, de que miren ahora, uy, que fortachona la hermana María. Cómo enfrenta las cosas, no. Hay muchas debilidades todavía. Pero cuando el Señor viene con su palabra y se manifiesta y manifiesta su poder, ahí es cuando le podemos dar gloria a Dios. Porque no es lo que nosotros podamos. Este hombre tenía limitaciones, no podía por sí solo llegar al estanque. Pero Jesús le mostró, que ahí estaba la fuente de agua viva. Que ya no tenía que ir allá a meterse a aquella agua, sino que ahora él estaba delante de él. Y ese sepulcro donde había estado 38 años, ahora iba a servir de testimonio para Dios.

“Cuando realmente el Evangelio ha llegado a nuestra vida, nos da poder para hacer la voluntad de Dios en nuestra vida."

¿Cuántos de nosotros aquí hemos experimentado el poder de Dios? Pero muchas veces nos hemos conformado y el Señor no quiere que nos conformemos. Este hombre estaba ahí y dice que ese era un estanque, estaba estancado, un lugar de misericordia donde no había un fluir de misericordia. Muchas veces estamos en las iglesias y el pastor decía la vez pasada, él entendió que su llamado no era para estar en la iglesia, sino para ir y a buscar a otros y llevar el evangelio y llevar la palabra de Dios a aquellos que están enfermos, ¿amen? Pero el Señor muchas veces tiene que sanar a los que estamos adentro, para que después vayamos y llevemos el Evangelio. ¿Amén? ¿Cuántos lo creemos? ¿Y cuántos lo queremos? Porque Dios lo quiere hacer.

La pregunta es, ¿qué yo quiero hacer? Porque a veces estamos, ¿verdad? Y la gente a veces dice, “¡Ah, los mismos de siempre!” ¿Pero qué está dispuesto a hacer usted por el Evangelio? ¿Qué está dispuesto usted, para que otras personas sean alcanzadas por el Evangelio de Dios? Muchas veces hay mucha gente allá afuera, que necesita una palabra, pero muchas veces no queremos dejar la comodidad. No queremos asolearnos, ¿verdad? No queremos dejar lo que estamos haciendo. Es mejor aquí en el templo, donde hay aire acondicionado, y que nos quejamos también, porque muy helado, ¿verdad? Entonces imagínese, yo creo que es algo que el Señor ha estado moviendo, de que realmente la iglesia no ha sido rescatada para estar encerrada en un lugar. Necesitamos aprender, necesitamos seguir aprendiendo y creciendo en el conocimiento de Dios. Pero es tiempo de avanzar. ¿Cuánto lo creemos? La pastora nos decía, este es el tiempo de ponerse los tenis y correr, porque la fe tiene pies. Ese hombre tenía pies, pero no podía avanzar. El Señor tuvo que sanarlo para que este hombre empezara. Y miremos más adelante, lo que este hombre estaba haciendo.

Dice en el 9. “Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar. Pero ese día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido sanado. Hoy es sábado, no te está permitido cargar tu camilla. El que me sanó me dijo, ‘recoge tu camilla y anda’, les respondió. ¿Quién es ese hombre que te dijo, recógela y anda? Le interpelaron. El que había sido sanado no tenía idea de quién era Jesús, porque se había escabullido entre la mucha gente que había en el lugar.” Después Jesús va al templo, en el 14 dice. “Después de esto Jesús lo encontró.” ¿A dónde lo encontró? Este hombre no podía entrar en el templo, porque estaba enfermo, los enfermos no podían entrar al templo. Pero ahora, este hombre estaba haciendo algo que era incapaz de hacer. Y yo me imagino a ese hombre cantando la canción que nosotros cantamos. ¿Quién lo diría? ¿Quién diría que yo iba a poder danzar en la casa del Señor? ¿Quién diría que después de estar 38 años postrado, ahora yo puedo alabar al Señor?

Y el Señor, mire, no le dijo la palabra desde el principio, de sanidad. Pero este hombre empezó a obedecer y empezó a ir y hacer lo que Dios le dijo. Ahí no dice que Jesús le dijo que le dijera a la demás gente cuando le preguntaran. Este hombre decía lo que Jesús había hecho por él. Y dice que cuando le dicen, “¿Quién fue el que te sanó?” “Ni siquiera lo sé”, dice. “Porque ni siquiera lo vi.” Porque se escabulló entre la gente. Pero dice, que este hombre estaba en el templo. Y Jesús le dijo, “ Has quedado sano. No vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peor. El hombre se fue e informó a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Vemos el cambio de este hombre, vemos que para el Señor no hay nada imposible. Que este hombre que vivía sin esperanza, que este hombre que pensaba que nada podía cambiar en su vida, Dios trajo un cambio a la vida de este hombre.

Entonces, muchas veces hay circunstancias en nuestra vida hermanos, que pensamos que no pueden cambiar, que ya no tienen solución. Que tal vez usted dice, “Ya esto está perdido.” Para Dios no hay nada imposible. Solo es de que nosotros creamos a la palabra del Señor y nos aferremos a su palabra y nos aferremos a sus promesas y Dios va a hacer lo imposible. Este hombre que había estado 38 años acostado, ya no era la camilla que lo andaba a él, era él llevando la camilla. ¿Cuántas veces las circunstancias son las que nos mueven? ¿Cuántas veces, son los problemas los que nos mueven, o los que nos abaten en nuestra alma? Pero él Señor hace algo diferente en este hombre. ¿Y por qué le digo que en el alma? Porque muchas veces esas cosas están adentro, en nuestra alma. Y él Señor necesita entrar, a lo más profundo de nuestra alma. Para que ahí, en nuestra alma. Por eso María decía mi alma, mi alma se regocija en el Señor. Porque él Señor hizo algo en el alma de esta mujer. Algo fue adentro el cambio, fue adentro la transformación de esta mujer, fue adentro.

Entonces muchas veces hay enfermedades en el cuerpo, que pueden afectarnos físicamente y que pueden llevarnos hasta la muerte física. Pero las enfermedades en el alma, pueden llevarnos a una muerte espiritual. Tanto como las sanidades físicas son necesarias, son necesarias estas sanidades en el alma, en el espíritu. ¿Y por qué le digo esto? Porque la palabra dice, tal vez muchos hoy me pueden decir, “Yo no tengo una enfermedad física, hermana. Pero ¿Qué tal necesitamos, que el Señor entre un poquito más adentro? ¿Qué tal hoy necesitamos que el Señor venga, y haga algo más profundo en nosotros? ¿Cuántos hoy queremos un cambio? Así como a este hombre, el Señor hoy nos puede estar preguntando, ¿tú quieres? ¿Tú quieres dejar el rencor? ¿Tú quieres dejar esa falta de perdón? ¿Tú quieres que sane esa herida que tienes desde hace muchos años? Y que yo lo sé. Porque él Señor sabía cuántos años tenía este hombre de estar en el estanque. Hay situaciones hermano, que aunque nadie la sepa, El Señor la sabe. Pero es necesario que nosotros le digamos, “Señor entra. Entra a lo más profundo de mi ser Padre. Entra a lo más profundo de mi alma Señor y trae sanidad.” Hay situaciones en nuestras vidas que han pasado, que nos han herido tan profundo. Porque a veces, ¿quién no tiene una herida cuando ha perdido a alguien que ama? El Señor necesita sanar en lo más profundo de nuestro ser. ¿Cuántos hemos experimentado situaciones que nos han dejado sin aliento, que muchas veces nos han quitado la esperanza. Pero hoy le podemos decir al Señor, “Padre yo quiero, yo quiero que tú hagas algo hoy en mi vida.” Yo quiero que ahí cierre sus ojos. Gracias, gracias, porque tú estás aquí Señor.