La Fe en la Palabra de Dios
Maria Hernández

Lucas 7:1-10
“Cuando terminó de hablar al pueblo, Jesús entró en Capernaúm. Había allí un centurión cuyo siervo, a quien él estimaba mucho, estaba enfermo, a punto de morir. Como oyó hablar de Jesús, el centurión mandó a unos líderes religiosos de los judíos a pedirle que fuera a sanar a su siervo. Cuando llegaron ante Jesús, rogaron con insistencia:
—Este hombre merece que le concedas lo que te pide: aprecia tanto a nuestra nación que nos ha construido una sinagoga.
Así que Jesús fue con ellos. No estaba lejos de la casa cuando el centurión mandó unos amigos a decirle:
—Señor, no te tomes tanta molestia, pues no merezco que entres bajo mi techo. Por eso ni siquiera me atreví a presentarme ante ti. Pero con una sola palabra que digas, quedará sano mi siervo. Porque yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores y, además, tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno “ve” y va; y al otro, “ven” y viene. Le digo a mi siervo “haz esto” y lo hace.
Al oírlo, Jesús se asombró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, comentó:
—Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.
Al regresar a casa, los enviados encontraron sano al siervo."
Santiago 2:14
“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?"
Josué 2:8-19
“Antes de que los espías se acostaran, Rajab subió al techo y dijo:
—Yo sé que el Señor les ha dado esta tierra y por eso un gran terror ante ustedes ha caído sobre nosotros; todos los habitantes del país han perdido el ánimo a causa de ustedes. Tenemos noticias de cómo el Señor secó las aguas del mar Rojo para que ustedes pasaran, después de haber salido de Egipto. También hemos oído cómo destruyeron completamente a los reyes amorreos, Sijón y Og, al este del Jordán. Por eso estamos todos tan amedrentados y descorazonados frente a ustedes. Yo sé que el Señor su Dios es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra. Por lo tanto, les pido ahora mismo que juren en el nombre del Señor que serán bondadosos con mi familia, como yo lo he sido con ustedes. Quiero que me den como garantía una señal de que perdonarán la vida de mi padre y madre, de mis hermanos y hermanas, y de todos los que viven con ellos. ¡Juren que nos salvarán de la muerte!
—¡Juramos por nuestra vida que la de ustedes no correrá peligro! —contestaron ellos—. Si no nos delatas, seremos bondadosos contigo y cumpliremos nuestra promesa cuando el Señor nos entregue este país.
Entonces Rajab los bajó por la ventana con una soga, pues la casa donde ella vivía estaba sobre la muralla de la ciudad. Ya les había dicho previamente: «Huyan rumbo a las montañas para que sus perseguidores no los encuentren. Escóndanse allí por tres días, hasta que ellos regresen. Entonces podrán seguir su camino».
Los hombres dijeron a Rajab:
—Quedaremos libres del juramento que te hemos hecho si, cuando conquistemos la tierra, no vemos este cordón rojo atado a la ventana por la que nos bajas. Además, tu padre, tu madre, tus hermanos y el resto de tu familia deberán estar reunidos en tu casa. Quien salga de la casa en ese momento será responsable de su propia vida y nosotros seremos inocentes. Solo nos haremos responsables de quienes permanezcan en la casa si alguien se atreve a ponerles la mano encima."
Y vamos a leer una porción de la palabra, que ha estado tocando mi vida y está en Lucas 7:1. ¿Lo tiene? Dice la palabra, “Cuando terminó de hablar al pueblo, Jesús entró en Capernaúm. Había allí un centurión, cuyo siervo, a quien él estimaba mucho, estaba enfermo, a punto de morir. Como oyó hablar de Jesús, el centurión mandó a unos dirigentes de los judíos a pedirle que fuera a sanar a su siervo. Cuando llegaron ante Jesús, le rogaron con insistencia”. Vemos en esta historia que hay un hombre, ¿verdad? Y específicamente dice, ¿verdad? Que era un centurión, que era un militar, que era un comandante, Romano, que era alguien que estaba a cargo de soldados. Pero estaba pasando una necesidad, tenía un problema en su casa, tenía algo que estaba aconteciendo en su casa. Y dice que escuchó hablar de Jesús. Y vemos que aquí, el Señor acaba de terminar de hablar, de la historia, de la palabra que se nos habló la vez pasada, del hombre sabio y el insensato, ¿verdad? El hombre que construyó su casa sobre la roca. Y el Señor les dice, ¿verdad? Les voy a decir a quién se parece, “Aquel que oye mi palabra y la pone en práctica. Es aquel hombre sabio que oye la palabra y la pone en práctica”, ¿verdad? Aquel que la obedece. Ese es el hombre sabio, ese es el hombre prudente. Aquel que oye, pero pone en práctica la palabra del Señor. Y vamos a ver el ejemplo de este hombre, porque el Señor le da como seguimiento a este tema de oír la palabra y ponerla por obra.
Entonces vemos que este hombre tiene un problema, y dice que su siervo al que él estima mucho está enfermo. Y yo decía, ¿verdad? Este hombre tiene un siervo que está enfermo, o sea un trabajador que está enfermo. Y quiero que leamos en Mateo 8 para ver qué era lo que le pasaba a este siervo. Mateo 8:5, que habla de la misma historia, solo que lo expresa diferente Mateo a lo que lo dice Lucas. Dice, “Al entrar Jesús en Capernaúm, se le acercó un centurión pidiéndo ayuda.” Vemos que aquí cambia un poco, ¿verdad? Porque dice que El centurión tuvo un encuentro con Jesús y él le pidió, y allá dice que él envió a personas a pedir que el Señor fuera a sanar a su siervo. “Señor, mi siervo está postrado en casa.” ¿Qué tiene el siervo? Yo quiero que todos lo leamos, ¿qué tiene el siervo? Parálisis. O sea que se parece a la historia de los paralíticos que hemos estado oyendo.
Entonces, podemos decir que estuvimos viendo, el paralítico 1, paralítico 2. Que lo llevaron verdad los hermanos a la casa y rompieron el techo y este es el ejemplo de un siervo que está paralítico, que no puede caminar. Es un siervo que ha llegado a una condición que está sufriendo terriblemente. Y yo meditaba en este pasaje, y yo decía. Señor, este hombre era un funcionario de alta estatura, ¿verdad? Tenía un puesto eminente. Pero él escucha hablar de Jesús, y él sale y envía a personas a pedirle un favor a Jesús. Y yo decía, este hombre tuvo que haberse bajado ¿verdad? Un poquito, porque era alguien que él mandaba y le hacían caso. Porque si leemos un poquito más ahí mismo en Lucas, mire lo que hacía este hombre. “Este hombre, merece”, siguiendo el cuatro. “Este hombre merece”, Lucas 7, del 4 en adelante. Solo era para ver un poquito, ¿verdad? El ejemplo de Mateo, ¿verdad? Y la enfermedad que padecía este hombre. Entonces, porque aquí en Lucas no especifica qué es lo que tenía, solo dice que estaba enfermo y que estaba sufriendo terriblemente. Entonces dice, este hombre, aquí están, ¿verdad? Ya los judíos a los que el centurión había mandado a pedir a Jesús que hiciera un milagro.
Y mire estos hombres cómo se presentan delante de Jesús y hablan de este hombre. “Este hombre merece que le concedas lo que te pide. Aprecia tanto a nuestra nación, que nos ha construido una sinagoga. Así que Jesús fue con ellos, no estaba lejos de la casa cuando el centurión mandó unos amigos a decirle, Señor, no te tomes tanta molestia, pues no merezco que entres bajo mi techo. Por eso ni siquiera me atreví a presentarme ante ti. Pero con una sola palabra que digas quedará sano mi siervo. Yo mismo obedezco órdenes superiores y además, tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno, ve y va, y al otro, ven y viene. Le digo a mi siervo, haz esto y lo hace.” O sea que este hombre estaba acostumbrado a mandar, ¿verdad? A dar órdenes, a decir, hagan esto y se hace. Pero vemos que él no se presenta de esa manera delante de Jesús, sino que él va y le dice, “Señor, yo no soy digno de que tú entres en mi casa. Yo no soy digno de que tú hagas algo por mí.” Imagínese a un soldado, a un alto comandante de la policía, ¿verdad? Está rodeado de gente, y él dice que se acerca pidiendo un milagro por su siervo. Y yo meditaba y yo decía, se imagina. Porque le podemos poner el tema a esta prédica. El jefe y el siervo. ¿Verdad? Entonces uno mira y dice, y es que el Señor también se mete en el trabajo y vemos que el Señor está ahí, ¿verdad? Este hombre tiene un siervo que trabajaba en su casa, pero que no sabemos cómo le pasó, qué le pasó, pero está enfermo. Ha caído en una condición donde él no puede cumplir con sus funciones.
Este hombre ha de haber sido un siervo dirigente, ¿verdad? Porque dice que él le dice a su siervo, haz esto y lo hace, ¿verdad? Entonces vemos ahí en la palabra que era un hombre obediente, que era un hombre que su jefe le decía, haz esto y él lo hacía. El jefe le decía, haz esto, y él iba, ve a tal lado y lo hacía. Entonces, cuando meditaba en este pasaje, yo decía, cómo el Señor trata en muchas áreas de nuestra vida. ¿Cuántos tienen jefes aquí? Levanten la mano. ¿Y cuántos tienen jefes calidad? Bien pocos, ¿verdad? Pero porque siempre vamos a estar bajo una autoridad. Y este hombre está diciendo, “Jesús, yo mismo estoy sujeto a mis autoridades. Yo hago esto, pero también le digo a estos, haz esto y lo hace. Y le digo a mi siervo, haz esto y también lo hace.” Entonces vemos que es algo como de jerarquía, ¿verdad? Que él está enseñando. Está enseñando Jesús a los que lo están siguiendo y les está diciendo, miren a este hombre, este hombre tiene soldados a su cargo, pero le obedecen. Entonces muchas veces, los que menos obedecemos al Señor, muchas veces somos nosotros, ¿verdad? Porque el Señor nos dice que hagamos algo, y nosotros, verdad, vamos y como altos comandantes le decimos, ¿verdad? Este versículo no debería ir aquí, no debería decir esto en esta palabra, ¿verdad? Sino que queremos hasta nosotros cambiar la palabra. Pero vemos que este hombre al escuchar hablar de Jesús, se acerca y le dice, “Señor, tan solo di una palabra y mi siervo será sanado.”
Este hombre está poniendo su mirada en Jesús, no en sus posibilidades porque él podía, él tenía dinero. Me imagino que ya había gastado dinero con su siervo, ya había gastado todas sus posibilidades y no había podido sanar a su siervo. Y escucha hablar de Jesús y dice, vayan y díganle que venga a sanar a mi siervo. Y me encanta la actitud de Jesús, porque dice que cuando ellos le dicen quién es este hombre, Jesús va y les dice, “Vamos, iré con ustedes a sanar a ese hombre.” Pero me llamaba la atención por qué aquí en este tema dice la fe del centurión. ¿Qué cosas vio Jesús en este hombre? Que pudo decir al final, “Qué grande es tu fe hombre.” Nunca he visto una fe tan grande como la de este hombre. Ni en Israel he visto, dice, a alguien que tenga tanta fe como este hombre. ¿Cuántos queremos tener esa fe? ¿Verdad? Pero podemos ver en la palabra, cuáles son esas cualidades que Jesús vio en este hombre, para que pudiera decir, “Hombre, qué fe la que tienes.” Y le dice a todos los que están ahí, “Yo no he visto una fe tan grande ni en Israel.” ¿Por qué? Porque mucha gente cuestionaba lo que Jesús hacía, mucha gente cuestionaba las cosas como Jesús las hacía. Y muchos decían que Él era Señor, pero al final no hacían lo que Jesús les decía que hicieran.
Por eso él Señor dice, “¿Por qué me llamas Señor y no haces lo que te digo? ¿Por qué no practicas lo que te digo?” Porque pasaba, ¿verdad? De que escuchaban la palabra, pero no se ponía en práctica la palabra de Dios. Entonces, pero vemos a este hombre que escucha hablar de Jesús. Y dice que era un hombre romano. Y nosotros conocemos un poquito de la vida de Pablo cuando él era, ¿verdad? Dirigente romano, cuando él caminaba como un centurión también. ¿Qué hacía Pablo? Perseguía a la iglesia. ¿Y qué hacía con la iglesia? ¿Verdad? Los que andaban predicando el evangelio, ¿qué hacía? Los mataban. Entonces, imagínense el cambio de este hombre, la transformación de la mente de este hombre por haber escuchado la Palabra de Dios. Porque yo decía, ¿a este hombre qué le pasó? Si este era un dirigente romano, acostumbrado a subyugar a la gente. Este hombre, era alguien que no estaba acostumbrado a amar a los siervos.
Esta gente estaba acostumbrada a que tenían un siervo y se enfermaba y lo cambiaban por otro, ¿verdad? Y se solucionaban. ¿A uno en el trabajo que le dicen? Usted aquí no está matriculado, usted se va y viene otro, ¿verdad? Entonces, no hay amor ahí, ¿verdad? Pues le dicen, bueno si no quiere váyase, si a usted no le gusta el trabajo, ¿qué le dicen? Bueno, las puertas están abiertas, ¿verdad? ¿Por qué? Porque no hay amor para el empleado, no hay amor para el siervo. Pero vemos que aquí esto algo había pasado en la vida de este hombre. Y me llama la atención porque dice que cuando ellos van donde Jesús, le dicen, “Este hombre tiene a un siervo al que estima mucho.” Este hombre había desarrollado una relación con su jefe y habían hecho una amistad. Tenían una relación ya no solo de siervo, sino de amistad. Y entonces este siervo está enfermo. Y el Señor prueba muchas veces nuestra fe, en el trabajo, en la casa, en la familia, para ver hasta dónde nosotros somos capaces de poner en práctica la palabra de Dios.
Sabe cuando yo empecé a trabajar ahí donde estoy trabajando, mi jefe era bien exigente y tenía unas ocurrencias que nadie se las podía imaginar, verdad. Y entonces había veces que me decía, “Doña María, quiero que me haga un licuado.” Imagínense en el trabajo verdad. “Un licuado de zanahoria, un licuado de papaya, un licuado de remolacha.” Y me decía exactamente cómo se lo tenía que hacer, y cuando se lo hacía diferente me decía, umm algo hizo mal, porque no me quedó igual y yo decía, yo lo hice como él me dijo. Pero había algo que tal vez yo no le había puesto a ese licuado y él sabía que yo lo había hecho diferente. Y había veces que se le ocurría comer dulces y me decía, “Doña María venga, fíjese que en tal lado venden unos dulces y necesito que usted vaya a comprarme esos dulces.” Y esa vez me mandó casi cerca de la casa presidencial, y estaba haciendo un sol. Y cuando yo caminaba y caminaba y con la dirección verdad, y caminé y caminé y caminé, y yo decía, ¿y por qué no me mandó al mall si en el mall venden dulces?
Y fui caminando hasta ese lugar y llegué sudadita. Y llego y empiezo a preguntar por los dulces y habían unas bolsitas pequeñas, y le digo, fíjese que mi jefe quiere de estos dulces, pero solo quiere cinco dulces. Y me dice la señora, “Pero su jefe está loco, aquí no vendemos por cinco.” Entonces vengo y lo llamo y le digo, Licenciado fíjese que me dice la muchacha que no vende por cinco. “¿Cómo que no van a vender por cinco doña María?” Tienen que vender, dígale que yo solo necesito cinco.” Y yo iba donde la muchacha, mire que dice mi jefe que solo quiere cinco. Y entonces me dice, no, dígale que no, aquí no vendemos por cinco. Y estuvimos en eso con el teléfono un buen rato y yo ahí parada. Yo no sé si usted alguna vez se ha sentido como tonta, yo me sentía como tonta. Porque a veces me decía, vaya cómpreme queso. Y dígales en el super que solo quiere cuatro onzas. Y yo iba al super y le decía, fíjese que mi jefe quiere queso azul y quiere que solo le venda cuatro onzas. “Pero está loca señora, está loco su jefe, nosotros no vendemos así. Aquí si usted quiere, tiene que comprar la libra entera. Pero es que él dice que solo quiere cuatro onzas.” Y entonces me llevaba así. Vaya búsqueme Blackberry a tal lado, y yo que son Blackberry. Y había la secretaria y le decía, ¿que es Blackberry? Yo no conocía eso, el queso azul menos. Y entonces me decía vaya. Y entonces, ella me traducía lo que él me decía. Y me decía, “Esto es lo que quiere, mire doña María.” Me mandaba fotos y me decía, “Esto es lo que quiere.”
Y entonces me encantaba, porque en muchas cosas de nuestra vida, él Señor observa lo que nosotros hacemos y como lo hacemos, ¿verdad? Porque dice la palabra, que la fe sin obras es muerta. ¿Amen? Si nosotros decimos que amamos al Señor y que él es nuestro Señor, pero no obedecemos lo que él nos dice. Entonces esa fe no es verdadera. Porque la fe que está puesta en el Señor, es aquella fe que se obedece. ¿Amen? Entonces, vemos que este hombre, ve que Jesús puede hacer un milagro en él. Y manda a sus siervos a decirle, díganle que venga a mi casa y que haga un milagro por mi siervo. Era grande el amor que este hombre tenía para su siervo. Y yo decía, Señor, qué maravilloso ver cómo tu palabra puede cambiar el corazón de alguien. ¿Amén? Cómo tu palabra puede cambiar la vida de una persona. Porque los romanos eran distinguidos por personas duras, personas soberbias, altivas. Pero este hombre algo le había pasado, había escuchado hablar del Dios de los judíos, había escuchado de ese Dios que hace milagros. Para ellos los romanos, la cultura no era amar a sus siervos, era mandarlos. Pero en el reino de Dios, los siervos eran tenidos en alta estima. ¿Amén? Eran tenidos en alta estima. Dice la palabra, que cuando los siervos en aquel tiempo no tenían alguien, un pariente y tenían un siervo que era antiguo de trabajar con ellos. Ese siervo hasta tenía el derecho de poder quedarse con toda la herencia de su amo. Se imagina. Eso le pasaba a Abraham, porque Abraham no podía tener hijos. Y cuando el Señor le dice que va a ser grande su herencia, él le dice, “Señor, ¿pero para qué me vas a dar una herencia, si yo no tengo un hijo? Y si acaso yo me muero, esa herencia le va a quedar a mi siervo.” Eso era un principio del reino de Dios. No era de los romanos. Porque el amor no proviene del hombre, proviene de Dios. ¿Amén? El amor proviene de Dios, no proviene de nosotros. Y nosotros venimos muchas veces como ese romano, duros en nuestro corazón, soberbios muchas veces. Pero cuando la palabra entra, la palabra puede votar con todo, ¿amén?
“...La fe que está puesta en el Señor es aquella que se obedece.”
Entonces, vemos que este hombre ha experimentado el escuchar la palabra, pero no solo la está escuchando sino, que también está haciendo la palabra de Dios. ¿Y por qué dice usted?, me van a decir ustedes. Miren lo que estos hombres dicen de él, cuando ellos van donde Jesús. “Este hombre merece que le concedas lo que te está pidiendo lo que te pide, aprecia tanto a la nación que nos ha construido una sinagoga.” ¿Qué les había hecho este hombre a ellos, a los judíos? ¿Y qué se hacía en la sinagoga? Se estudiaba la palabra de Dios. Se hacían oraciones para Dios. Y este hombre había visto la necesidad del pueblo, de adorar a su Dios y les hace una sinagoga. Tal vez este hombre nunca pensó que lo que él estaba haciendo, iba a tener algo, un efecto en su vida, al tener un encuentro con Jesús. Él no lo hizo pensando, voy a hacer esta sinagoga para que Dios perdone mis pecados. Sino, que era un hombre piadoso, un hombre bondadoso, un hombre que tenía compasión de aquellos que estaban enfermos. Y cuando llegan delante de Jesús, su petición, él Señor se asombra cuando estas personas empiezan a hablar de él. Y empiezan a decir, es un hombre que estima a su siervo. Es un hombre que ama a la nación de Israel. Es un hombre que los ama y que piensa en ellos. Se ocupa de ellos, a pesar de que no era su costumbre. Porque no era la costumbre de este hombre tener esos actos, más bien ellos estaban acostumbrados a subyugar a la gente, a maltratar, a golpear.
Pero algo había pasado en este hombre. Y ahora este hombre, que tal vez venía con esa mentalidad, ahora ha experimentado el amor de Dios en su vida. ¿Por qué?. Porque había oído a los judíos, me imagino, ¿verdad? Que había oído hablar de ese Dios que hace maravillas. Había oído hablar de aquel Dios que abre camino donde no lo hay para que su pueblo pueda pasar. Y él había oído hablar de un Dios que botó fortalezas, para darle a su pueblo esa herencia. ¿Amén? Él había oído hablar de un Dios de amor, de un Dios que los cuidaba y que los cubría mientras ellos iban por el desierto. Él había oído hablar de un Dios que había venido a hacer su morada con ellos a la tierra. Él había oído hablar de aquel Dios, que cuando estaban en el desierto, hacía venir el maná del cielo. Y él se le da la oportunidad de estar delante de Jesús. Y se considera indigno de estar delante de un Dios tan grande. Porque este hombre está viendo a Jesús como alguien grande. Está viendo a Jesús como alguien superior a él. Y le está diciendo, “Yo no soy digno de que tú vengas a mi casa, yo no soy digno Señor.” Porque dice que Jesús iba corriendo. Iba con todos, a ver qué era lo que le pasaba aquel siervo. Pero cuando ya iba cerca, dice que el hombre le dice, no vayas. No es necesario que llegues hasta mi casa. Tan solo di la palabra. Imagínese lo que este hombre había entendido, había entendido que había poder en la palabra que Jesús decía, ¿amén? Había entendido que la palabra de Dios es viva y es poderosa, ¿amen?
Entonces, cuando él le dice, tan solo di la palabra y mi siervo será sanado. Imagínese la fe de este hombre. Yo me quedé sorprendido, cuando él Señor me estaba enseñando esto. Yo le decía, Señor yo quiero tener esa fe. Quiero tener esa fe de ese hombre Señor, ayúdame. Porque muchas veces Señor, yo me he portado irreverente ante tu presencia, ante tu palabra. Porque podemos ver, que este hombre fue reverente ante Jesús. Y hoy vivimos en un mundo lleno de irreverencia hacia las cosas de Dios. Vivimos en un mundo, donde se menciona el nombre de Jesús y es como que si fuera el de Mel Zelaya. A veces hasta más respeto se le tiene a Mel. Porque muchas veces somos irreverentes ante el Señor. Muchas veces somos irreverentes a la palabra de Dios. Y eso se puede ver no solo aquí, sino en todos los lugares. ¿Sabe? A veces miro cosas y digo yo, ¿cómo pueden hacer chistes de las cosas de Dios? Hay ahora Tik Tok, TikTokers es que les dicen, ¿verdad? Que hacen burla de la palabra de Dios. Y que hacen burla de la iglesia. Y de algo tan santo, tan puro para Dios. Y eso realmente viene a cambiar nuestra mente. Y a ver las cosas del Señor de una forma diferente. Porque este hombre no fue irreverente, fue respetuoso delante de Jesús. Y Él dijo, yo no soy digno, porque yo no sé cuántos aquí nos hemos sentido indignos de tan grande amor para nuestras vidas. De saber que esto, que hoy usted y yo estamos haciendo, nosotros no teníamos el privilegio de poder hacerlo.
Pero hoy el Señor nos está dando la oportunidad a nosotros, de que podamos ser ese pueblo escogido por Dios para proclamar las alabanzas del Señor, ¿amén? Pero antes era un privilegio para los judíos. Era un privilegio para el pueblo de Israel. Ellos eran el pueblo escogido de Dios, los que habían sido llamados para ser sacerdotes en la casa del Señor. Ellos eran los privilegiados. Pero hoy usted y yo hemos sido llamados por él, escogidos para ser ese pueblo que le alabe al Señor. Ahora se mira tanta irreverencia hacia la alabanza, hacia la palabra de Dios. Hay gente que acostumbra ir solo a la alabanza. Es que a mi me gustan los coritos nada más y cuando ya viene la palabra hay que salir corriendo. Ah es que a mi la adoración me da sueño. Imagínense, y muchas veces se puede ver en los templos esa irreverencia a la palabra de Dios. Y este hombre está diciendo, “Señor tan solo di una palabra.” ¿Cuántos venimos a escuchar una palabra del Señor? ¿Cuántos venimos cada día y cada día nos acercamos en oración con la esperanza de que el Señor hable a nuestros corazones. Porque creemos que una palabra que Él traiga hoy a nuestras vidas puede hacer algo nuevo en nuestros corazones, ¿amén? Este hombre estaba consciente de que Jesús podía hacer un milagro en su vida y que bastaba con una palabra que saliera de la boca de Jesús y algo iba a pasar en su casa. Imagínese la fe de este hombre. No vayas, tan solo di la palabra, Señor, y algo va a suceder. Ese hombre tenía certeza en la palabra de Dios. Pero también vemos que sus acciones estaban acompañados con la fe. Porque era un hombre compasivo, era un hombre que tenía misericordia del que tenía necesidad.
Y vamos a ir a Santiago. Vamos a ir a Santiago 2:14. Aquí dice, “La fe y las obras.” Hermanos míos, ¿de qué sirve a uno alegar que tiene fe si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?” Está hablando, ¿verdad? De decir, yo tengo fe. Pero hasta ahí nomás llega mi fe, ¿verdad? Yo no hago nada, yo no digo nada, yo no hago nada. Entonces, está hablando Santiago y dice, la fe sin obras es muerta. Y dice, “¿Acaso podrá salvarlos esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario. Y uno de ustedes le dice que le vaya bien, abríguese y coma hasta saciarse, pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué sirve eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras está muerta.” ¿Verdad? No podemos decir, que Él es nuestro Señor si no hay obediencia a la palabra de Dios. No podemos decir que creemos en Él si no estamos sometidos a nuestras autoridades. No podemos decir que tenemos fe, si nosotros queremos vivir como queremos. Este hombre está diciendo, “Yo tengo gente a mi cargo. Y yo les digo que vayan y van.” Porque está conociendo quién es Jesús. Y sabe que Jesús está por encima de todas las cosas. ¿Amén? Que Jesús tiene al servicio de él ángeles que están al servicio de Jesús. Y él es un simple hombre, pero que también está sometido bajo la autoridad.
Entonces yo meditaba en esto y decía, realmente, es como cuando una pareja se casa y viene usted y le dice, “Yo te amo pero, no quiero nada contigo. Yo te amo pero, hasta ahí no más. Yo no voy a esforzarme por ti. Yo te amo pero, no te voy a lavar la ropa. Yo te amo pero, yo no te voy a cocinar. Yo te amo pero, a la vuelta de la esquina ve a alguien más presentable y me voy con ese. Entonces vemos, verdad, que también pone el ejemplo, dice, o sea, ¿cómo puedes decir que tienes fe? Si viene tu hermano que tiene necesidad y tú en vez de proveerle lo que necesita, tú le dices que te vaya bien. Coma, coma bien, sáciese, ¿verdad? Necesita alimentarse. Y tal vez esa persona no tiene que comer. Y tal vez esa persona no tiene para el medicamento. Tal vez esa persona no tiene para suplir esa necesidad. Pero nosotros tenemos, pero estamos guardando y el guardadito que nadie nos lo toque. El guardadito que nadie lo toque, porque es para el futuro. Entonces, ¿de qué sirve dice, alegar que tengo fe, pero no va acompañada con nuestras acciones? Este hombre no solo tenía fe, sino que amaba a Dios. Amaba la palabra de Dios, amaba a su siervo. Amaba aquel hombre que le había servido tanto tiempo.
Y yo meditaba y decía, ¿cuántas veces Señor, han llegado enfermedades a mi vida y han traído limitaciones para yo poder servirte con diligencia? Porque me imagino que este hombre, ha de haber sido un hombre diligente en su trabajo, un hombre que barría bien, un hombre que trapeaba bien. Ahora hasta los hombres trapean, ¿verdad? Ahora ya no es tan fuera de lo normal, ¿verdad? Que los hombres hagan también el quehacer. Porque en otros tiempos, ¿verdad? Uy. Y las viejitas acostumbraban a enseñar que los hombres ni un plato. Mucho menos cocinar, ¿verdad? Pero ahora hay hombres que también cocinan. Hay hombres que también tienen que lavar para ayudar en los quehaceres de la casa. Pero vemos que este siervo está enfermo y está sufriendo terriblemente, porque no puede cumplir con sus responsabilidades. ¿Cuántos hoy como siervos de Dios, necesitamos una sanidad en el corazón? ¿Y cuántos podemos decir? Señor, yo me acuerdo Señor. Pero, algo pasó mi vida Señor. Algo pasó, que ahora ya no soy tan diligente en lo que hago. Ya no soy tan diligente en mi relación contigo. Ya no soy tan diligente Señor. Pero, yo sé Padre, que tú puedes hacer la obra en mí. Que tú puedes sanarme, que tú puedes tocar mi vida con tu palabra. y que algo va a cambiar, algo va a pasar en mi vida, ¿amén?
Entonces, este hombre está experimentando algo tan maravilloso y el Señor se asombra de él. Sigamos leyendo ahí en Santiago. El 18, “Sin embargo, alguien dirá, tú tienes fe y yo tengo obras. Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras. ¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan. ¡Qué tonto eres! ¿Quieres convencerte de que la fe sin obras es estéril? ¿No fue declarado justo nuestro padre Abraham por lo que hizo cuando ofreció sobre el altar a su hijo Isaac? Ya lo ves. Su fe y sus obras actuaban conjuntamente.” Entonces vemos, ¿verdad? Que no podemos decir que tenemos fe, si nuestras acciones demuestran otra cosa. Si no hay esa devoción, si no hay esa pasión hacia lo de Dios, si no hay esa intimidad con Él, ¿verdad? Vemos aquí. Vemos que Santiago está diciendo, “¿Cómo puede decir que tienes fe, si tus acciones dicen lo contrario?” Entonces, vemos que realmente cuando el Señor viene a nuestras vidas, viene a sanar y viene a restaurar lo que antes había sido, ¿amén? Porque este hombre antes servía, pero ahora no podía servir a su amo. Pero no por eso había dejado de ser importante para su amo. No por eso había dejado de ser alguien de alta estima. Y él está pidiendo por su siervo. Él está orando y está pidiéndole, Señor sánalo. Sánalo Señor, restáuralo, haz algo nuevo en él. Y llega Jesús a este hombre. Porque si usted ve y ve más adelante, y vamos a volver otra vez a Lucas. “Al oír Jesús se asombró y volviéndose a la multitud que lo seguía comentó, les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande. Al regresar a casa, los enviados encontraron…” ¿Cómo estaba este siervo? En el 7:10, mire, “Al regresar a casa, los enviados se encontraron que el siervo que había estado postrado, ahora estaba levantado.” Amén. ¿Cuántos le dan gloria a Dios?
Porque, ¿cuántos, muchas veces en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido paralizados? Y hemos dicho, de aquí yo no puedo salir. Pero llega una palabra del Señor a nuestras vidas y viene con ese poder para restaurar, para sanar, para levantarnos. ¿Cuántos lo hemos experimentado? Entonces vemos, dice que estos hombres regresaron a la casa, después de haber cumplido la tarea que se les había encomendado de ir donde Jesús. Y cuando llegaron a aquel lugar, ese siervo estaba sano, amén. Había sido curado, ya no estaba postrado en una cama sin poder levantarse. Ahora, este hombre estaba listo, para hacerle el cafecito a su amo. Estaba listo para atenderle, ¿verdad? Para servirle la comida cuando él viniera. Me imagino que esas eran las labores de ese hombre. Pero vemos el poder de la palabra, vemos el poder de la fe, cómo puede mover un milagro en el corazón de aquellos que se acercan a Jesús. Este hombre pudo ver ese milagro, porque fue un hombre que amó la palabra de Dios. La creyó y la obedeció. no la creyó, no hizo las cosas por miedo, sino que lo hizo por amor. Muchas veces nosotros hacemos, cumplimos reglas, por miedo a lo que va a decir la gente, a lo que va a hacer la gente o a que un día nos vayamos a ir al infierno. Muchas veces tenemos miedo de eso. Pero es diferente cuando empezamos a disfrutar, hacer lo que hacemos para el Señor. Porque Él nos amó primero. Porque Él mostró su amor para con nosotros, aún cuando éramos pecadores.
Entonces imagínese este siervo cómo se habrá levantado después de haber estado postrado tanto tiempo. Y se levanta a cumplir con sus responsabilidades. Y estábamos cantando, ha llegado el tiempo, ha llegado la hora en que la iglesia se levanta para adorar, ¿amén? Estábamos cantando, este es el tiempo. ¿Cuántos creemos que este es el tiempo? Qué esta es la hora donde el Señor ha venido a levantar a su iglesia, donde ha venido a restaurar, donde ha venido a sanar a su pueblo. ¿Para qué? Para que su pueblo cumpla con la responsabilidad que se le ha encomendado, ¿amén? ¿Y cuál ha sido esa tarea que se nos ha encomendado? Ir y llevar la palabra, a aquellos que la necesitan. ¿Amén? Cantábamos también, ¡no voy a callar! ¡No voy a callar! ¿En qué no vamos a callar? No vamos a callar de decir la palabra de Dios. Porque es la palabra del Señor que puede hacer la obra en la vida del hombre. ¿Amén? Es la palabra del Señor la que puede cambiar y la que puede transformar la vida de las familias. ¿Amén? Es la palabra del Señor. No son nuestras muchas palabras, porque a veces acostumbramos a decir muchas palabras, pero no son las muchas palabras. Este hombre dice, “Di la palabra, di una palabra y mi siervo será sano.” ¿Cuántos necesitamos una palabra de Dios? Con una palabra que el Señor traiga a nuestro corazón, esa palabra puede hacer la obra en nuestras vidas. Este hombre dijo, tan solo di la palabra Señor. Porque no son mis palabras, hermano. No es mi palabra, es la palabra del Señor. Es la palabra de Dios la que no regresa vacía. Es la palabra del Señor la que hace la obra. ¿Amén? Es esa palabra de Él que viene a cambiar. Y dice Él en su palabra, “¿Quién es el que me ama? Sino aquel que hace suyo mis mandamientos y los obedece. Ese es aquel que ama, es aquel que demuestra, ¿queremos demostrarle nuestro amor al Señor? Obedezcamos su palabra. Obedezcamos lo que Él dice en su palabra. Esa es la mejor forma de mostrarle que lo amamos, que creemos en lo que Él dice en su palabra y algo poderoso puede pasar.
Pero para eso, podemos ver que necesitamos realmente entender la autoridad de Jesús. Entender que nosotros somos llamados para estar bajo autoridad. ¿Y bajo qué? Bajo la autoridad de Jesús, ¿verdad? Y muchas veces, para poder estar sometidos bajo esa autoridad, debemos aprender a obedecer, debemos aprender a honrar, debemos aprender cómo quiere Jesús que nosotros lo honremos. Por eso la palabra dice, hijos, obedezcan a sus padres en todo, porque esto le agrada al Señor, ¿amén? “Esposos, amen a sus esposas, porque esto es grato delante de los ojos de Dios.” ¿Amén? “Esposas, sométanse a sus esposos, porque esto le agrada a Dios.” ¿Amén? Eso es lo que le agrada a Dios, no es lo que me agrada a mí, no es lo que dice la hermana María, no es lo que dice el pastor, es lo que dice la Palabra de Dios. Entonces imagínese, muchas veces queremos ver milagros en nuestras casas, pero muchas veces no aceptamos nuestras autoridades. No aceptamos que alguien nos diga lo que tenemos que hacer.
Entonces, ¿cómo muchas veces vamos a ver esos milagros? Vemos que este hombre pudo ver un milagro, porque fue un hombre que entendió que Jesús estaba por encima de él. ¿Amén? Que él estaba por encima de él, y que el nombre de Jesús, era un nombre que estaba por sobre todo nombre. ¿Amén? Entonces, fue un hombre que pudo ver el poder de Dios manifestado en su vida, en su familia, en su casa, con su siervo. Pero ahora vemos que, como le decía ahora, hay bastante irreverencia. ¿Y cómo vemos esa irreverencia? Irreverencia a la palabra de Dios. Porque ahora vemos quiénes son los que mandan en la casa. Muchas veces son los hijos, ¿verdad? Muchas veces, es el hijo el que dice cómo quiere que se hagan las cosas en la casa. Muchas veces es el hijo el que le dice al padre, ay es que sos exagerada mamá. Ahora vemos que muchas cosas se hacen, no como está en la palabra de Dios. Entonces, si nosotros somos reverentes a la palabra del Señor, vamos a obedecer su palabra. Vamos a vivir conforme a la palabra de Dios no conforme a lo que dice el hombre, sino conforme a lo que Dios dice en su palabra. Yo no puedo decir que amo a Dios, cuando yo hago las cosas como yo quiero.
Y entonces el Señor viene y dice, ahí está María pidiendo un milagro. Ahí está María deseando que pase algo en su vida Señor. Pero si yo le dije que hiciera esto, y no lo ha hecho. ¿Cuántas veces hemos pasado por eso? Vamos y pedimos un consejo y se nos dice la palabra de Dios y usted llega a la casa. “Ah es que el pastor no sabe lo que estamos pasando en la casa, deberíamos de hacerlo de esta forma.” Pero vemos que la obediencia a la palabra del Señor, es la que puede hacer que suceda algo en nuestras vidas, ¿amén? Entonces vemos que realmente, cuando hablamos de fe, estamos hablando de algo maravilloso, pero también algo espiritual. Algo que el Señor nos enseña a través de este ejemplo, es que no podemos decir que tenemos fe si no hay amor hacia lo de Dios. Si no hay respeto a lo de Dios, si no hay reverencia a las cosas de Dios. Entonces no hay amor. Yo admiro a las parejas, que como aman a su esposa, ahí andan cargando su pañalera. Como aman a sus hijos, ahí andan con el niño para arriba y para abajo. Pero solo el amor puede hacer eso, ¿amén? Solo el amor de Dios puede hacerlo. Nosotros no podemos hacer la voluntad de Dios en nuestra fuerza, solo con la ayuda del Espíritu Santo. Porque, es el Espíritu Santo el que pone ese amor en nuestro corazón. No podemos nosotros agradar a Dios a nuestra manera. Entonces vemos verdad, que como decía Santiago. “La fe sin obras está muerta.”
“Nosotros no podemos hacer la voluntad de Dios en nuestra fuerza, solo con la ayuda del Espíritu Santo."
Y quiero que vayamos para ir terminando, a Josué, Josué 2, vamos a ver otro ejemplo de fe. Vamos a ver en el 2:11. “Por eso estamos todos amedrentados y descorazonados frente a ustedes. Yo sé que el Señor y Dios, es Dios de dioses tanto en el cielo como en la tierra. Por lo tanto, les pido ahora mismo que juren en el nombre del Señor que serán bondadosos con mi familia, como yo lo he sido con ustedes. Quiero que me den como garantía una señal de que perdonarán la vida de mis padres, y de mis hermanos y de todos los que viven con ellos. Juren que nos salvarán de la muerte.” Aquí vemos a esta mujer, estamos viendo a una mujer que está pidiendo misericordia, una mujer que no era del pueblo de Dios como aquel centurión. Porque no era del pueblo de Dios pero ha escuchado hablar de las maravillas de Dios y cuando el pueblo de Israel está a punto de tomar Jericó. Dice que llegaron los espías donde esta mujer, y ellos llevaban una orden y era tomar la ciudad de Jericó. Pero en ese momento, ellos andaban espiando, ¿verdad? Espiando, a ver. ¿Usted ha ido a espiar a alguien? Entonces andaban viendo a ver qué pasaba, ¿verdad? Cómo estaba el territorio. Entonces llegan donde esta mujer que se llama Rahat, y dice que ella los esconde y los mete, ¿verdad? En el techo de su casa. Cuando llega el rey de ese lugar y se da cuenta que alguien del pueblo de Dios ha llegado a Jericó y va donde ella y dice que le dice, danos a esos hombres, porque sabemos que están en tu casa. Y esta mujer aprovecha la oportunidad, porque ha oído que Dios les va a entregar esa tierra. Y dice que cuando ellos están ahí, sube a donde están ellos y les dice, “Estamos todos amedrentados y descorazonados frente a ustedes. Yo sé que el Señor y Dios es Dios, tanto en el cielo como en la tierra.”
Esta mujer había oído hablar de ese Dios. Y cuando llegan aquellos hombres que iban a conquistar esa ciudad aprovecha para decirles, júrenme que ustedes salvarán a mis padres. Júrenme que ustedes salvarán a mis hermanos, júrenme que ustedes tendrán misericordia de todos los que estén en mi casa. Y dice que ellos le dijeron, “Si tú has tenido compasión de nosotros, nosotros tendremos compasión de todos los que estén en tu casa.” Pero no solo se queda ahí, sino que ellos le dicen a ella lo que tiene que hacer, y ella obedece la palabra que ellos le dan. Mire lo que dice en el 19, perdón, del 17 vamos a leer. “Los hombres le dijeron a Rajab, quedaremos libres de juramento, que te hemos hecho. Si, cuando conquistemos la tierra no vemos este cordón rojo atado a la ventana por la que nos bajaste. Además, tus padres y tus hermanos y el resto de tu familia deberán estar reunidos en tu casa…” ¿A dónde deberán permanecer? ¿A dónde deberán permanecer? En su casa. Imagínese lo que le dicen a esta mujer. Cuando nosotros vengamos, todos tienen que estar en tu casa, tus padres, tus hermanos y todos los que estén contigo. Dice el diecinueve. “Quien salga de la casa en ese momento, será responsable de su propia vida, y nosotros seremos inocentes. Solo nos haremos responsables de quienes permanezcan en la casa. Si alguien se atreve a ponerle las manos encima. Conste que si nos delatas, nosotros quedaremos libres del juramento que nos obligaste a hacer. De acuerdo, respondió Rajab. Que se haga tal como tú lo has dicho.” Esta mujer escuchó hablar de ese Dios Todopoderoso. Esta mujer que no era del pueblo de Dios, creyó la palabra y creyó que Dios era más grande que el pueblo al que ella pertenecía. Ella creyó que había un Dios que podía hacer algo maravilloso en la vida de ella y de su familia, pero obedeció. Y si usted lee más adelante puede seguir leyendo la historia y va a ver que cuando ellos conquistaron Jericó, esta mujer estaba con su familia en su casa esperando a que llegaran a salvarla. ¿Cuántos estamos esperando que Cristo venga a salvarnos? ¿A rescatarnos un día? ¿Amén?
“Estamos esperando, pero hay una responsabilidad que debemos hacer, y es permanecer en la casa."
Estamos esperando, pero hay una responsabilidad que debemos hacer, y es permanecer en la casa. Porque dice, aquel que salga, ¿verdad? Corre peligro allá afuera. Pero vemos que esta mujer obedeció y por fe creyó en el Dios de aquellos hombres que iban a conquistar. Y me encanta porque dice, “Nosotros estamos atemorizados.” No del pueblo de Israel, sino del Dios del pueblo de Israel. ¿Amén? Y ella decidió pasarse para el otro lado. Qué maravilloso es el Señor, ¿amén? Imagínese lo que puede hacer la fe. Puede movernos. Puede traer cambio de mentalidad. Puede traer cambio de costumbres. ¿Cuáles son las costumbres que nosotros tenemos? Esta mujer dejó sus costumbres. Este hombre dejó sus costumbres. Para ahora estar en el reino de Dios. ¿Amén? Y ahora este hombre y esta mujer podrían disfrutar de esa salvación. ¡Aleluya! ¡Qué grande es él Señor! Hoy podemos ver que Dios nos da la oportunidad a nosotros de que podamos experimentar eso tan maravilloso que Él puede hacer en nuestras vidas. ¿Pero cuántos estamos esperando? ¿Cuántos estamos esperando, mientras Cristo viene? ¿Cuántos estamos esperando y creyendo en la palabra del Señor? Si estamos creyendo, nos estamos moviendo en fe, ¿amén? Nos estamos moviendo y estamos haciendo la voluntad de Dios, no lo que nosotros pensamos, sino lo que dice su palabra. ¿Amén?
